Sr. Director:

Esta semana nos hemos enterado de que sigue el desplome del número de fieles y de celebraciones de los sacramentos en Alemania.

Según los datos preliminares publicados recientemente por la Conferencia Episcopal Alemana, 321.611 personas abandonaron oficialmente la Iglesia en 2024, superando ampliamente el número de entradas (1.839) y reincorporaciones (4.743). El número de católicos en Alemania baja por primera vez en lo que va de siglo de los 20 millones.

En diez años, la Iglesia en Alemania ha perdido cuatro millones de fieles.

Los datos que tenemos por lo que se refiere a los católicos de España van por semejante triste camino. En el año 1978, el 90% de los ciudadanos españoles se definían como católicos. En octubre de 2021, el porcentaje de españoles que se declaraban católicos era del 55%. En cambio, el número de españoles que se declaraban no creyentes, ateos, agnósticos, indiferentes, se había multiplicado por cinco: de un 7'6% a un 39'9%.

Los últimos datos a los que pude tener acceso indicaban que en el año 2023, el porcentaje de españoles que se declaraba católico no llegaba al 50%.

Grosso modo podríamos decir que actualmente, en España, se define católica, aproximadamente, la mitad de la población.

Los datos me preocupan y en general preocupan a los católicos que vemos descender el número de ciudadanos españoles que no se sienten identificados con la Iglesia Católica o no viven en comunión con ella. Ha descendido el número de bautismos, también el número de niños y niñas que asisten a la catequesis para prepararse a recibir la Primera Comunión. Parece que el número de adolescentes que reciben el sacramento de la Confirmación sí ha aumentado, aunque sea escasamente.

Supone un reto para la Iglesia animar a los que no han recibido los sacramentos de la Iniciación Cristiana y a los que los recibieron sin la suficiente formación o preparación. También nos encontramos con la problemática de los que sí han recibido los sacramentos, pero seguidamente han desaparecido de la Iglesia o de nuestras comunidades cristianas, por ejemplo tras la Primera Comunión o tras la Confirmación.

Deberíamos estudiar la posibilidad de impartir los sacramentos de la Iniciación Cristiana en su orden primigenio, es decir: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. En algunas diócesis de España viene realizándose así, sobre todo para las personas que han descubierto la fe en Jesucristo en edades no tempranas.

En todo caso, una formación cristiana integral la necesitamos todos los bautizados.

San Juan Pablo II y Benedicto XVI insistieron en la necesidad vital de una nueva evangelización de nuestra Iglesia y de la sociedad en la que vivimos. También el Papa Francisco no ha dejado de animarnos, desde hace ya más de doce años, de la imperiosa necesidad de una renovada evangelización que apreciamos como muy necesaria, tanto en los países de antigua cristiandad como en los países más jóvenes cristianamente hablando y en aquellos donde todavía no se conoce a Jesucristo y su Evangelio de Salvación.

Siguiendo con los datos de 2023, el número de parejas que contrajeron matrimonio canónico también descendió respecto a años anteriores.

Y bajó también el número de chicos y jóvenes que ingresaron en los seminarios en vistas a formarse para poder ser ordenados sacerdotes, de tal manera que ahora un sacerdote se ha de encargar de más de dos o tres parroquias.

La edad media de los sacerdotes que laboran en España es bastante elevada. Por lo que respeta al número de fieles que se deciden por una vocación de especial consagración religiosa (de vida activa o contemplativa), hemos de decir que también ha descendido.

Muchas familias de ancianos o enfermos, ni siquiera piden a los sacerdotes que pasen por sus domicilios para visitar a los enfermos y para ofrecerles los auxilios espirituales.

No sé cuál es el porcentaje de católicos que acude a participar en la Misa todos los domingos, pero en este asunto también se nota el descenso.

Es menor también el número de bautizados que se confiesa regularmente, quizás porque hemos perdido el sentido del pecado y la alegría de gozar del perdón y de la misericordia del Señor.

A pesar de todo, no nos desanimemos, no perdamos la esperanza, no nos dejemos llevar por la indiferencia ni por el "no pasa nada". Todo lo contrario, apostemos por una renovada evangelización al interior de la Iglesia y hacia el exterior de la misma.

Contagiamos a los demás la fe, la alegría cristiana, el amor a Dios y al prójimo, la esperanza que no defrauda, la ilusión que supone seguir a Jesús por donde quiera llevarnos, sin perder nunca de vista que Él es el camino, la verdad y la vida, y que fuera de Él no hay vida verdadera ni nada que tenga sentido.

"Sembraré mientras es tiempo, aunque me cueste fatigas", dice un himno de la Liturgia de las Horas.

A los cristianos, el Señor Jesús nos envía a sembrar la semilla de su Palabra; no nos envía a recoger los frutos.

Podemos sembrar la semilla, básicamente de tres maneras: por medio de la oración, por medio del testimonio cristiano que estamos llamados a dar en nuestra vida y también con nuestras palabras.

Lo ponemos todo en las manos poderosas de Dios y le pedimos, por medio de la Virgen María y de San José, que nos ayuden a ser discípulos-misioneros de Cristo y de su Evangelio.

Para mayor gloria de Dios.