Durante la Guerra Civil española (1936-1939) fueron asesinados 12 obispos, 1 administrador apostólico, 4.184 sacerdotes seculares y seminaristas, 2.365 religiosos y 297 monjas… Pues analicemos todos estos estos datos en su contexto, para comprender mejor la gravedad de lo sucedido.

El número de eclesiásticos en España durante el primer tercio del siglo XX varía de unos historiadores a otros, porque durante el tramo final de la Monarquía de Alfonso XIII (1886-1931) no se hizo un censo oficial. Luego lo intentó sin éxito el socialista Fernando de los Ríos Urruti (1879-1949), durante su etapa como ministro de Justicia en el Gobierno provisional y en el primer gobierno de Azaña (1880-1940), desde el 14 de abril al 14 de octubre de 1931. Con esta salvedad, ofrezco los datos que para mí son los más fiables, por proceder del gran especialista en Historia de la Iglesia en España como es Vicente Cárcel Ortí. Según este autor en 1931 había en España 34.176 sacerdotes diocesanos, 12.903 religiosos y 47.942 religiosas.

Cinco años después, en 1936, el Anuario Vaticano publicaba que el número de sacerdotes diocesanos era de 29.902, lo que quiere decir que los curas habían descendido en 4.274. Y este descenso encaja con la correspondiente disminución del número de seminaristas en España, que en 1930 eran 12.831 y en 1934 habían bajado a 7.401; por lo tanto, había 5.430 aspirantes menos al sacerdocio. Y con los novicios religiosos ocurre lo mismo, pues en 1930 eran 3.175 y en 1934 habían descendido a 2.823.

No hace falta una especial agudeza histórica para relacionar esta mengua con el sectarismo antirreligioso de los dirigentes de la Segunda República, que en un numero considerable pertenecían a la masonería. Recuérdese que, cuando todavía no hacía ni un mes que se había proclamado la Segunda República, el nuevo régimen hizo su presentación dejando hacer a los pirómanos de conventos e iglesias, sin que la fuerzas del orden intervinieran, no se le fuera a escapar a algún agente la cachiporra, porque “todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano”, Azaña dixit.

Robert Hodgson, que fue el representante oficioso de Inglaterra en la España de Franco, durante la Guerra Civil, escribió lo siguiente años después de su paso por España:
“El resultado de este estado de cosas fue que el Gobierno dejó de interesarse cada vez más en la cuestión religiosa, llegando incluso a alimentar un antagonismo hacia los católicos, considerándoles como integrantes de un partido que aspiraba a ejecutar una autoridad que no les correspondía, llegando a ser su política religiosa como dice Salvador de Madariaga una ‘política de reforma con el máximo de mala voluntad y el mínimo de cortesía’, un estado mental del cual fueron una indicación el sistemático incendio de iglesias y otros actos de vandalismo semejante esparcidos en el área republicana”.

El tópico de las enormes riquezas de la Iglesia y su alianza con los poderosos, empleado en todos los tiempos por la propaganda antirreligiosa, se utilizó durante la Segunda República y la Guerra Civil para justificar los ataques contra el clero y el asesinato de esos miles de sacerdotes y religiosos, así como de un número incontable de laicos que fueron asesinados por el curioso delito de “oler a cera”. ¿Alianza de la Iglesia en España con los poderosos…? De entrada, lo que hicieron los poderosos, instalados en el Gobierno, fue arrebatar a la Iglesia en España buena parte de su patrimonio, mediante las leyes de la desamortización, que fueron publicando durante toda la primera mitad del siglo XIX.

El 94% del clero no superaba la cantidad de 2.000 pesetas al año. Y de ese otro 6% restante, la mayoría de sus integrantes no sobrepasaba las 4.000 pesetas al año. Baste decir que el sueldo más alto era el deán de las catedrales que oscilaba entre las 5.250 pesetas y las 5.750, con la excepción del deán de la catedral de Toledo que cobraba 6.750 pesetas


Por otra parte, basta con mostrar los honorarios de los sacerdotes para desmontar el tópico de un clero opulento. El 24 de julio de 1930 se aprobó el estatuto del Cuerpo de porteros de los Ministerios. El decreto establecía seis categorías que, de menor a mayor sueldo, iban desde porteros quintos hasta llegar a porteros primeros, para acabar en porteros mayores. Al puesto más bajo del escalafón, a los porteros quintos, se les asignaba un sueldo anual de 2.000 pesetas, las mismas dos mil pesetas que entonces cobraba igualmente un cartero. Pues bien, el 94% del clero no superaba la cantidad de 2.000 pesetas al año. Y de ese otro 6% restante, la mayoría de sus integrantes no sobrepasaba las 4.000 pesetas al año. Baste decir que el sueldo más alto era el deán de las catedrales que oscilaba entre las 5.250 pesetas y las 5.750, con la excepción del deán de la catedral de Toledo que cobraba 6.750 pesetas.
 

Fray Lazo 1

 

Fra Lazo 2

Esta revista antirreligiosa difundía cada semana todos los tópicos contra la religión católica. El primer número apareció el 13 de agosto de 1931. Y durante todo un año, hasta el mes de septiembre del año siguiente, en su portada aparecían personajes famosos de la República dando su opinión sobre el sacramento de la confesión. No es difícil imaginar lo que dijeron

Y teniendo en cuenta que como la gran mayoría de este clero era rural, los sacerdotes vivían como un aldeano más en las parroquias que regentaban, con las mismas condiciones materiales que el resto de los vecinos, por lo que como ha puesto de manifiesto Martín Ibarra en su magnífico titulado Barbastro una diócesis mártir (1931-1939), muchos sacerdotes de esa zona de Aragón se aficionaron por fuerza a la pesca y a la caza para poder completar su dieta alimentaria. 

Y ahora pongamos en relación el total de sacerdotes con el número de mártires. Lo primero que dicen estas cifras es que los verdugos no se conformaron con diezmarlos, porque martirizaron a uno de cada siete sacerdotes y a uno de cada cinco religiosos. Lo he dicho muchas veces en mis artículos de Hispanidad, pero lo repito una vez más: por la cuantía de los mártires, esta es la mayor persecución que ha sufrido la Iglesia católica en los más de dos mil de años de su existencia.

Y a esta impresionante realidad religiosa e histórica la denominación oficial de los actuales obispos españoles se ha referido unas veces como “mártires de España”, otras como “mártires del siglo XX” y hasta de una tercera manera como “mártires de la década de los años treinta”. Y todavía quedan otras maneras más si se combina la primera forma con las otras dos: “mártires de España del siglo XX” y “mártires de España de la década de los a los treinta”. Y todo por no llamar a las cosas por su nombre, para no molestar a los herederos políticos de los verdugos, con la ilusa pretensión de establecer -como se dice coloquialmente- un buen rollito con el poder actual.

Cierto que son mártires españoles, pero es falso que sean mártires de España, porque no en toda España hubo persecución religiosa. Dejemos a un lado en este artículo la Segunda República, período en el que ya hubo mártires a manos de los mismos verdugos de la Guerra Civil. Pues bien, esos 6.859 asesinatos de sacerdotes, religiosos y monjas se produjeron en la zona bajo el control de los socialistas, los comunistas y lo anarquistas o zona del Frente Popular. Porque, con perdón o sin él, lo cierto es que en la zona de Franco o zona nacional no solo no hubo persecución religiosa, sino que se defendió y se protegió a los sacerdotes, a los religiosos, a las monjas y, en suma, a la religión católica. Por esta razón los sacerdotes, los religiosos y las monjas, a los que les cogió el estallido de la Guerra en la zona republicana, se escondían o trataban de pasar a la zona de Franco para que no les mataran los rojos. Por tanto, estos dos comportamientos, tan diferentes y tan opuestos, quedan ocultos cuando a los católicos asesinados por los socialistas, los comunistas y los anarquistas en la Guerra Civil se les denomina oficialmente "mártires de España”.

En la zona de Franco o zona nacional no sólo no hubo persecución religiosa, sino que se defendió y se protegió a los sacerdotes, a los religiosos, a las monjas y, en suma, a la religión católica. Por esta razón los sacerdotes, los religiosos y las monjas, a los que les cogió el estallido de la Guerra en la zona republicana, se escondían o trataban de pasar a la zona de Franco para que no les mataran los rojos


Lo de mártires del siglo XX es todavía más chusco, porque ni los siglos han asesinado a nadie desde que el hombre puebla la tierra, ni hubo persecución religiosa en España durante todo el siglo XX. La persecución religiosa en el siglo XX, contra las personas y contra las cosas sagradas, se produjo desde el año de 1930 al año de 1939, coincidiendo con los últimos meses del reinado de Alfonso XIII, la Segunda República y La Guerra Civil.
¿Mártires del siglo XX…? ¡Y vuelta la burra al trigo!, porque lo que se pretende ocultar con la denominación de mártires del siglo XX es otra vez lo mismo: que los verdugos fueron los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones y que Franco protegió a los católicos.

Y para acabar, una última observación, que se desprende de los datos expuestos. Resulta especialmente llamativa la desproporción que hay entre el numero (6.562) de sacerdotes y religiosos mártires y el de monjas (297). Soy consciente de que no todos los religiosos eran sacerdotes, yo desconozco esa relación; pero quien lo desee, que reste los religiosos que quiera por no ser sacerdotes, y la diferencia entre el número de sacerdotes y el de monjas mártirizados seguirá siendo enorme. Semejante diferencia no se puede explicar porque las monjas se pasasen en mayor número a la zona de Franco, ni porque se supieron esconder mejor ellas que ellos. Lo cierto es que las monjas a las que el estallido de la Guerra Civil les sorprendió en zona republicana estuvieran perfectamente controladas por los rojos. Las expulsaron de sus monasterios, los conventos fueron dedicados a usos militares y civiles, se calcula que unas mil monjas permanecieron presas en las cárceles o en las checas, a muchas los milicianos les convirtieron en sus criadas y al resto se les permitió vivir en casas particular. Por lo tanto, si hubieran querido podrían haber martirizado al mismo número de monjas que de mártires sacerdotes o religiosos, o incluso a más.

Tampoco sirve para explicar esta diferencia, como en algún sitio se ha dicho, el hecho de que las monjas se dedicasen a tareas asistenciales. No es válido este argumento, en primer lugar, porque una buena parte de las monjas de 1936 pertenecían a comunidades contemplativas, que encerradas en su clausura permanecían ajenas a cualquier labor asistencial; y a muchas de estas las respetaron la vida; por otra parte, resulta que la mayor aportación a las 297 monjas martirizadas, hasta un total de 30, corrió por cuenta de las Hijas de la Caridad cuyo carisma es eminentemente asistencial.

En segundo lugar, tampoco se puede admitir el argumento anterior, porque entre el número de los mártires varones hay sacerdotes y religiosos que llevaron a cabo iniciativas asistenciales muy importante. Este fue el caso del sacerdote Joaquín de la Madrid, que fundó en Toledo un colegio solo para niños huérfanos de padre y madre, como ha detallado Jorge López Teulón en su libro Mártires a la sombra del Alcázar de Toledo. O por poner otro ejemplo, los 15 Hermanos de San Juan de Dios del Sanatorio Marítimo de Calafell (Tarragona), que atendían a niños enfermos en el sanatorio, y que fueron martirizados en la playa de esa localidad catalana.
 

La Iglesia vive de la Eucaristía, llegó a firmar San Juan Pablo II. Y como los sacramentos quienes los confeccionan resulta que son los sacerdotes, en el hipotético caso de que estos fueran totalmente eliminados la Iglesia de Cristo desaparecería.

Tal desproporción entre el número de sacerdotes y religiosos martirizados y el número de monjas que derramaron su sangre a manos de los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, solo se explica si se tiene en cuenta que la última finalidad de esta persecución no era otra que hacer desaparecer de España a la Iglesia católica, una religión sacramental. La Iglesia vive de la Eucaristía, llegó a escribir San Juan Pablo II en una de sus encíclicas. Y como los sacramentos quienes los confeccionan resulta que son los sacerdotes, en el hipotético caso de que estos fueran totalmente eliminados la Iglesia de Cristo desaparecería. Y no fue otra cosa lo que intentaron los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones durante la Segunda República y la Guerra Civil.

Javier Paredes
Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá