No es una poesía de Navidad, es un tratado de filosofía, que versa sobre el origen del hombre y su destino... de lo mismo que trata todo lo que merece la pena ser leído. 

Su autor es Antonio Murciano, otro de esos grandes poetas del Franquismo -nació en 1929- a los que no se reconoce, por lo tanto no se les conoce, porque, para muchos progresistas indocumentados (no, no es una reiteración, pero casi) el Franquismo no solo tuvo un dirigente dictador sino unos dictados absolutamente imbéciles. Vamos, que no podía haber poetas en el Franquismo, aunque entre ellos se contara el que ha sido, en mi opinión, el mejor poeta del siglo XX en lengua española, el único clásico de nuestra era: José María Pemán

Pues bien. Aquí tienen el poema La visitadora, de Antonio Murciano. Es mejor que lo lean a que yo se lo cuente. Sólo apuntaré dos notas: el poema nos sorprende porque esta generación ha olvidado que forma parte de una raza: la raza humana. El otro comentario, al final del poema: 

La visitadora
Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujiera cuando entrara.
Era una mujer seca, harapienta y oscura
con la frente de arrugas y la espalda curvada.
 
Venía sucia de barros, de polvo de caminos,
la iluminó la luna y no tenía sombra.
Tembló María al verla; la mula no, ni el buey
rumiando paja y heno igual que si tal cosa.
 
Tenía los cabellos largos, color ceniza,
color de mucho tiempo, color de viento antiguo;
en sus ojos se abría la primera mirada
y cada paso era tan lento como un siglo.
 
Temió María al verla acercarse a la cuna.
En sus manos de tierra ¡oh Dios! ¿qué llevaría...?
Se dobló sobre el Niño, lloró infinitamente
y le ofreció la cosa que llevaba escondida.
 
La Virgen, asombrada, la vio al fin levantarse.
¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!
El Niño la miraba, también la mula, el buey
mirábala y rumiaba igual que si tal cosa.
 
Era Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujió cuando se iba.
María, al conocerla, gritó y la llamó: "¡Madre!"
Eva miró a la Virgen y la llamó: "¡Bendita!"
 
¡Qué clamor, qué alborozo por la piedra y la estrella!
Afuera aun era pura, dura la nieve fría.
Dentro, al fín, Dios dormido, sonreía teniendo
entre sus dedos niños la manzana mordida.

 

Y es que, si contempláramos a nuestro primeros padres, asegura Chesterton, en un primer momento intentaríamos apartarles de nuestro lado, si acaso con un mohín de temor o incluso de repugnancia. Pero sospecho que de inmediato nos postraríamos de hinojos ante los padres de la raza humana. Con ellos nació la Misericordia de Cristo y de esa Misericordia continuamos viviendo en 2025.

Sería bueno recuperar el sentido de raza y, antes de que algún estúpido sonría estúpidamente por lo de la manzana mordida, le recordaré que, como todo lo referido al "lamentable incidente de la manzana", se trata de una imagen. No nuestra, sino del propio Génesis que nunca habló de manzano alguno sino de dos árboles: "el árbol de la vida", que aún hoy permanece en el enigma, y "el árbol de la ciencia del bien y del mal". Fue de éste último, no de ningún manzano, del que comieron nuestros primeros padres y con ello rompieron su amistad con Dios. Pero ninguno de los dos arbolitos, miren por dónde, estúpido racionalista del demonio, figura en los elencos botánicos donde se describen todas los tipos de árboles existentes. 

Sí, estúpido, sí: el Génesis describe una metáfora que, como todas las metáforas, tan solo constituyen una imagen de una realidad. En este caso, una imagen del origen humano y de la providencia divina... que sí son hechos reales. Yo diría que realísimos e insoslayables.

¿Comprendes, mi querido estúpido? Va de Eva y María