
Sólo con ver oficiar misa a un sacerdote sabes mucho sobre su espritualidad. Sólo con ver cómo pasa un católico ante el Sagrario sabes mucho sobre su intimidad.
En ambos casos, basta comprobar si trata con cariño al Santísimo. Recuerden lo que contaba el fundador del Opus Dei, San Josemaría, acerca del anciano sacerdote que saludaba a los nuevos ordenandos con la siguiente admonición: "Tratádmelo bien".
Y no resulta baladí recordarlo en estos momentos de cambio en la Iglesia y probablemente, en el papado. Todo esto, dicho sea sin ninguna prisa en que se muera Francisco, se lo aseguro.
Urge que nos 'eucaristicemos'. Insisto: no sólo es importante, es urgente. Si "la Iglesia vive de la Eucaristía" (San Juan Pablo II) y si "la Eucaristía hace a la Iglesia" (Francisco), todo católico debería preocuparse de vivir alrededor del Santo Sacrificio, del memorial cotidiano de la pasión de Cristo, acudiendo a misa diaria y comulgando cada jornada. No hay otra cosa más importante que hacer durante todo el día.
Y por cierto, como ya he recordado en otras ocasiones, lo que más me llama la atención del catolicismo actual es que la asistencia a misa en domingo baja pero la asistencia a misa a diario sube. ¿A ver si va a ser verdad la descripción magnífica de Benedicto XVI cuando decía que el cristianismo se ha convertido en una religión de minorías pero de unas minorías con una fe más profunda y una caridad más arraigada?
En cualquier caso, se acuda o no a misa diariamente, lo que sí es importante, y urgente, es un mayor cariño a Cristo sacramentado: ahí nos jugamos el mundo. Sólo eso.
Empecemos por lo que el precitado San Josémaría llamó la "urbanidad de la piedad": por ejemplo, comulgar en la boca y de rodillas, que no es una cuestión menor.
Por ejemplo, fomentar la adoración al Santísimo. Está cundiendo en los cinco continentes pero debería cundir en toda la humanidad. La primera función del hombre ante Dios es la de adoración, no la de petición.
Por ejemplo, recordad las tres condiciones para comulgar bien: estar en gracia de Dios, libre de todo pecado mortal, no haber comido una hora antes y saber a quién se recibe. La más importante es la primera pero las tres son necesarias.
Por ejemplo, que los pastores cuiden la liturgia... tratádmelo bien. El peligro de ahora mismo es que, desde dentro de la Iglesia, se lance la operación de la bestia.
¿Y si empieza usted a ir a misa cada día? Eso sí que supone un nueva vida.
La vida es estupenda, sencilla y compleja, ni simple ni complicada: o nos 'eucaristizamos' o morimos... y no hablo de la muerte-tránsito sino de la muerte eterna. No se puede despreciar el mayor arreglo de Dios a la criatura.