Desde hace semanas, los principales medios de comunicación han intensificado su campaña de desprestigio contra Donald Trump, ridiculizándolo y tildándolo de “loco”, tras sus primeras decisiones al asumir nuevamente la presidencia de los Estados Unidos. Del mismo modo, han dirigido su artillería mediática contra Elon Musk, quien ha pasado de ser ensalzado como “hombre del año” por sus logros empresariales y su dominio en el sector tecnológico, a ser etiquetado como manipulador, cuyo objetivo es alcanzar más poder tecnológico y dinero, lo que le pondría en una posición de peligroso autoritario.
Trump, con su estilo directo y confrontativo, ha tomado decisiones que han sacudido el tablero geopolítico. Entre ellas, destaca la denominada “guerra de los aranceles”, catalogada por sus detractores como “la guerra más estúpida de la historia de la humanidad”. Sin embargo, lejos de ser una acción irracional, esta medida ha tenido un impacto inmediato en la política migratoria, obligando a gobiernos como el de México y Canadá a adoptar posturas más proactivas en la contención de la inmigración ilegal. Desde una perspectiva estratégica, esto demuestra que los aranceles no solo cumplen una función económica, sino también geopolítica, al incidir en la soberanía y el control de las fronteras.
Mientras que en Europa se insiste en políticas migratorias laxas, permitiendo la entrada masiva de inmigrantes sin control efectivo, Estados Unidos, bajo la doctrina “America First”, ha reforzado su postura de defensa territorial. No es de extrañar que los líderes europeos, inmersos en una crisis existencial por su dependencia energética y una transformación cultural acelerada por la inmigración descontrolada, no logren comprender esta visión estratégica. Ursula von der Leyen ha intentado replicar a Trump con amenazas de represalias comerciales, pero lo cierto es que la Unión Europea, cada vez más irrelevante en el tablero geopolítico, sigue atada a las presiones internas de su fragmentada política climática y la influencia de los partidos ecologistas.
Otro punto de controversia ha sido la propuesta de Trump de convertir la Franja de Gaza en una zona residencial, alejada del conflicto interminable que solo produce víctimas civiles. Aunque la idea fue ridiculizada por los medios progresistas, resulta legítimo preguntarse: ¿qué han hecho las potencias occidentales para resolver el conflicto? Ni Biden, ni Obama, ni los líderes europeos han ofrecido soluciones reales, más allá de discursos vacíos y posturas simbólicas que perpetúan la división entre proisraelíes y propalestinos, mientras la población sigue sufriendo las consecuencias de una guerra sin final.
El escándalo mediático también se ha disparado ante los contactos de Trump con Vladimir Putin en busca de un acuerdo de paz para Ucrania. Se le acusa de “ningunear” a Zelenski y de sugerir concesiones territoriales a Rusia, sin embargo las más recientes declaraciones de Donald Trump contradicen a los voceros mediáticos: “Hemos acordado que nuestros equipos comiencen negociaciones inmediatamente y empezaremos por llamar al presidente Zelenski para informarle de la conversación”. Ningún vocero mediático pedirá disculpas ni corregirá sus análisis interesados. Pero, curiosa y convenientemente, se omite que fue la Administración Biden la que empujó a Ucrania a un conflicto bélico sin precedentes, sin explorar jamás la vía diplomática. La guerra ha servido, en última instancia, para consolidar a Europa como cliente cautivo del gas estadounidense, mientras la maquinaria propagandística se encarga de desviar la atención de esta realidad.
Por último, la controversia sobre el reciente accidente aéreo, en el que un helicóptero militar y un avión comercial colisionaron sobre el río Potomac, ha sido utilizada para demonizar a Trump tras sus declaraciones iniciales, responsabilizando a la política de diversidad de la Administración demócrata. Sin embargo, con más información disponible, sus palabras han cobrado sentido: “La Administración Federal de Aviación (FAA) ha estado incorporando trabajadores con discapacidades intelectuales severas y trastornos psiquiátricos, bajo una iniciativa de diversidad e inclusión”. Si bien la inclusión es un valor defendible, en sectores estratégicos como la aviación, la seguridad debería primar sobre cualquier otro criterio. Tampoco ninguno de los contertulios que hicieron escarnio desde el sarcasmo de las declaraciones adelantadas de Trump pedirá perdón.
Desde mi punto de vista, podemos concluir que existe una estrategia globalista bien articulada para desacreditar cualquier avance de las políticas liberales y soberanistas en sus distintas variantes concentrando sus ataques en el máximo representante del imperio hegemónico del planeta. En este contexto, el desafío radica en distinguir entre la verdad objetiva y la narrativa impuesta, una tarea cada vez más difícil en un panorama mediático dominado por la manipulación y la desinformación selectiva.
Diez razones para ser liberal (Almuzara), de Santiago Navajas. Según este autor, el liberalismo es amplio y diverso, desde Keynes hasta Friedman. El libro presenta la tesis de que esta tendencia comparte la primacía de la libertad, promoviendo mercados abiertos y un Estado eficiente. Navajas explora sus fundamentos en un ensayo accesible, riguroso y con el dinamismo de una novela.
La muerte del periodismo (Deusto), de Teodoro León Gross. La degradación del periodismo ha debilitado las democracias liberales, facilitando la posverdad y el auge populista. El autor analiza cómo la pérdida de independencia, la espectacularización y la crisis de la verdad han erosionado su papel como contrapoder y garante democrático. Libro más que necesario.
El poder político (Rialp), de Ángel López Amo. Premiado con el Nacional de Ensayo, este texto analiza con profundidad la legitimidad del poder, la democracia, la libertad y las instituciones occidentales, combinando el conocimiento de los clásicos con una reflexión de gran actualidad sobre la política y el gobierno.